GREMIO CATÓLICO DE ZAPATEROS, CURTIDORES Y MOLINEROS DE MOTUL
"Un legado de fe que ilumina el cielo de Motul"
Motul, Yucatán, a 7 de julio de 2026.— En el corazón de este Pueblo Mágico, donde la memoria colectiva late entre las piedras centenarias de la Iglesia de San Juan Bautista, pervive una de las hermandades más entrañables de la región: el Gremio Católico de Zapateros, Curtidores y Molineros. Se trata de una institución familiar que no solo resguarda oficios ancestrales, sino que mantiene viva, año con año, la llama de la devoción a la Santísima Virgen del Carmen.
Sus orígenes se diluyen entre los ecos del tiempo. Nadie recuerda con exactitud la fecha de su nacimiento, aunque se sabe que fueron Don Diego Can Pech (†) y su esposa, Doña Manuela Cauich (†), quienes acogieron esta costumbre en el seno de su hogar durante la segunda década del siglo pasado. Desde entonces, cada 7 de julio, la bóveda celeste de Motul se transforma en un lienzo resplandeciente donde los fuegos artificiales —auténticas plegarias de pólvora y color— se elevan en honor a la Patrona del municipio.
Don Diego, de espíritu chispeante, sentía verdadera pasión por los voladores: más que lanzarlos, los vivía como parte de su promesa. En cierta ocasión, uno de ellos estalló entre sus manos, dejándole una marca que, lejos de ser herida, se convirtió en medalla de fe. A su lado, otros fundadores compartían idéntico fervor envuelto en humo festivo: Esteban Can Cauich (†), Isidora Canché de Can (†), Bartolomé Nahuat (†), Pedro Castro (†), Viviano Sánchez (†) y Restituto “Tuto” Herrera (†), quienes organizaban colectas para mantener encendida la tradición.
Hacia mediados del siglo XX, la custodia del gremio quedó por completo en manos de la familia Can, herencia que desde entonces se transmite como fuego sagrado de generación en generación. Hoy, quien porta esa luz es Esteban Marcelino Can y Canché, nieto del fundador, quien afirma con la sencillez de un hombre que habla desde el corazón: “Mientras tenga vida, salud y trabajo, voy a iluminar una noche de las fiestas a la Virgencita del Carmen. Hay que iluminar la fe en el cielo. Ella es algo especial; a veces el dinero va y viene, y por eso lo doy todo, sin medida”.
“La Virgencita del Carmen ilumina mi camino durante el año; yo la ilumino en su fiesta. Sin duda, tenemos algo especial”, repite Marcelino con la mirada encendida. Sus palabras no son solo promesa: son poesía viva de un pueblo que encuentra, en lo más alto del firmamento, la respuesta a su devoción.
El destino, caprichoso y simbólico, quiso que Don Esteban Can Cauich, heredero de esta tradición, partiera de este mundo un día 7, a las 8:45 de la noche, justo cuando comenzaba la quema de fuegos artificiales. Su muerte fue como un susurro venido del cielo, como si la Virgen misma lo hubiese llamado en el instante más luminoso de su existencia. Su último deseo —que el gremio jamás desapareciera— es hoy legado que su familia honra con orgullo y responsabilidad.
Organizar esta celebración no es tarea sencilla: exige recursos, tiempo y, sobre todo, muchas manos y corazones dispuestos. Toda la familia Can se involucra en el empeño. Marcelino, Diego y Willy se encargan de los juegos pirotécnicos, la logística y la coordinación general; Blanca atiende la comida; Rosy asume la anfitrionía, y Camilo Arturo Córdova y Can —esposo de Doña Blanquita, fallecido en 2022— dejó su huella en el símbolo del zapato, aquel que camina con fe.
Durante todo el año, con el respaldo de amigos, vecinos, socios activos uno tanto), y colaboradores de corazón, la tesorera Manuela Can coordina las actividades de recaudación: crianza de cochinos, venta de panuchos cada sábado, rifas y colectas vecinales. Cada centavo tiene destino; cada esfuerzo, un propósito.
Hoy se suman a esta labor hijos, nietos y bisnietos de la familia Can, herederos de las costumbres que sembró Don Esteban, apodado cariñosamente “Serrucho” por sus compañeros del célebre Trío Motuleños.
La comida es, en este ritual, otra ofrenda sagrada: el día del gremio, los alimentos no solo nutren a los vivos, sino también a quienes ya partieron. “Cuando la comida está por terminarse y aún conserva su calor, con el rezo de un padrenuestro se aparta la primera porción y se coloca en el altar”, relata María Rosenda, la mayor de los hermanos. “Se invoca a las ánimas de los difuntos y se les ofrecen bebidas de su gusto: refrescos embotellados, cerveza, agua”. Así, entre el aroma de los guisos, las oraciones y las lágrimas discretas, se tiende un puente invisible entre este mundo y el otro.
En Motul, cada 7 de julio, cuando la pólvora dibuja estrellas sobre el campanario, no solo se encienden luces: se encienden promesas, se aviva la memoria y se enardece el alma de un pueblo que no olvida de dónde viene ni a quién debe su camino.
Porque en Motul, la fe no se grita: se quema, se canta, se reza… y se ilumina.
Por Alex Córdova Can.
Hijo de Don Arturo Córdova (†) y Doña Blanquita Can